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ventajas--me dijo don Ciriaco,
con su tono zumbon--: las mujeres estan de vuestra parte. Os ayudan, os
protegen, creen que sabeis mucho de marineria. Ya le quisiera yo ver al
capitan Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa. Estoy
seguro de que Hortensia le encontraria el defecto de que no estaba muy
enterado de marineria.
Yo me eche a reir.
--Si, si, riete--replico mi capitan--; pero ten cuidado. Esta mujer
tiene malas intenciones para ti. Ya que has salido de la hija, no vayas
a caer en la madre.
--?Que me puede hacer don Ciriaco?--le dije yo, riendo.
--A otros barbilindos mas listos que tu les he visto yo andar de cabeza
y hacer una porcion de tonterias por una mujer. Conque, iojo a la
brujula, pilotin, y cuidado con la rueda del timon!
--La ataremos, si le parece a usted, don Ciriaco.
--No, no; el buen timonel no tiene necesidad de eso.
Los consejos de don Ciriaco hicieron que no acudiese con frecuencia a
casa de Hortensia. Mi asunto marchaba bien. Antes de un mes podria ver
en la calle de la Aduana este letrero:
_COMPANIA VASCO ANDALUZA_
_El dia 5 de enero saldra para las
Canarias, Cabo Verde, el Cabo de
Buena Esperanza y Manila la fragata
"La Bella Vizcaina",
al mando del capitan don Santiago de Andia._
Los dias que me quedaban de Cadiz pense aprovecharlos. Me empezaba a
encontrar bien alli; llevaba una vida ligera y alegre. Paseaba mucho, me
encantaba el pueblo, sus plazas alegres, sus calles rectas; contemplaba
las casas blancas de miradores enormes, las iglesias tambien blancas, y
recorria la muralla al ponerse el sol.
Una tarde, al anochecer, al ir a entrar a la fonda, paso por delante de
mi la criada vieja de casa de dona Hortensia, la senora Presentacion, y
me dio una carta. Era de Dolorcitas. Me citaba para las diez de la
noche; tenia que hablar conmigo. Me esperaria en la reja. Vivia en la
calle de los Doblones, cerca de la Aduana. Toda mi ecuanimidad se vino
abajo desde aquel momento.
Se me ocurrieron dos cosas: una, la prudente, el ir a ver a don Ciriaco
y pedirle consejo; otra, la que mas halagaba mi vanidad, escribir
diciendo que acudiria a la cita. Me decidi por lo ultimo. Habia entre
los marineros de la _Bella Vizcaina_ un chico de Cadiz, a quien llamaban
el Morito, porque habia estado en Tanger y solia llevar con frecuencia
un fez rojo en la cabeza.
El Morito era muy partidario mio. Un barco es un pequeno mundo aparte,
donde
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