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aban. Padecia extranas distracciones. Su palabra era perezosa y mas confusa que antes. Tenia caprichos fantasticos. Se contaba que habia entregado ya a la Amparo sumas enormes o las habia puesto a su nombre en el Banco; que se enfurecia por livianos motivos y gritaba y gesticulaba como un demente, llegando sus arrebatos hasta maltratar de obra a los criados o dependientes; que comia vorazmente y sin medida, y que decia de su hija horrores inconcebibles, imposibles de repetir entre personas decentes. Su genio socarron y maligno se habia trocado en adusto y violento. Sin embargo, en los negocios no dio senales de faltarle la cordura. La rueda de la avaricia no se habia gastado aun en su organismo. Verdad que la mayor parte de ellos marchaban por si mismos. Ademas tenia consigo a Llera, cuyas dotes de especulador astuto y audaz habian llegado al apogeo. Donde se mostraba en realidad la perturbacion, o por mejor decir, la flaqueza de su inteligencia, era en el seno de la vida domestica. No se contento con hacer reina y senora de la casa a su querida, pero admitio en ella tambien a la madre y los hermanos de esta, gente ordinaria y soez que la tomo por asalto, dandose harturas de esclavos en saturnal, viviendo en perpetua orgia. El dominio de la Amparo se hizo absoluto. Ella fue quien comenzo a ordenar, o por mejor decir, a desordenar los gastos ostentando un lujo escandaloso en sus vestidos, joyas y trenes. Y como no faltan en Madrid hambrones de levita y de frac, al instante tuvo una corte de parasitos que cantaron sus alabanzas. Dio tes y comidas; se jugo al tresillo. Se hizo, en suma, lo que en todas las casas opulentas, menos bailar. Y aunque el personal por dentro dejaba mucho que desear, por fuera parecia tan pomposo y brillante como el de los demas palacios. Hasta habia titulos de Castilla que honraban la tertulia con su presencia, entre ellos el marques de Davalos, tan loco y enamorado como siempre. La Amparo, a quien lisonjeaba este amor frenetico conocido de todo Madrid, lo desdenaba en publico y lo alimentaba en secreto. Por donde flaqueaban mas los saraos de aquella era por el lado femenino, si bien no faltaban tampoco algunas senoras de la clase media que, a trueque de pisar regios salones y verse servidas por lacayos de calzon corto, consentian en alternar con la querida de Salabert. Verdad que acallaban sus escrupulos diciendose que Amparo muy pronto seria la duquesa de Requena, en cuanto terminase el luto d
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