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lgado, de mediana estatura, ojos vivos y duros y rostro
bilioso.
--?Habeis visto a Juanito Escalona?--pregunto.
--Si--dijo uno--. Aqui ha estado hace una media hora. Me ha dicho que
le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendria.
--Bueno, esperaremos--repuso avanzando con calma y sentandose al lado de
ellos.
La broma continuo.
--Veamos, veamos como esta ese pulso--dijo Rafael cogiendole por la
muneca y sacando al mismo tiempo el reloj.
El conde entrego su mano sonriendo.
--iJesus, que atrocidad! iCiento treinta pulsaciones por minuto! Ningun
condenado a muerte las ha tenido.
No era verdad. El pulso estaba normal. Asi lo manifesto el mismo
Alcantara a los amigos haciendo una sena negativa. Alvaro no se altero
por la mentira. Poseido de su valor y convencido de que no dudaban de
el, siguio con la misma vaga sonrisa en los labios.
--Vaya, manana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque
tenia que ir de caza con Briones--dijo uno.
--iY que no es pequena la carrera desde la casa mortuoria a San
Isidro!--respondio otro.
--No, hombre, no--apunto un tercero--; lo llevaran a la estacion del
Norte para conducirlo a Soto, al panteon de familia.
Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se
impacientaba, quiza temiendo que el mas pequeno signo de impaciencia, en
aquella ocasion, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta
paciencia, los jovenes salvajes cada vez le apretaban mas con su vaya,
repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se
iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fria y vaga
sonrisa. Respondiales pocas veces. Cuando lo hacia era con breves
palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo:
--Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. ?Quien quiere echar un
tresillo?
Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un
acto que confirmaba su sangre fria. Tres de los amigos se fueron con el
a la sala de juego. No tardaron en rodearles los demas. La broma siguio
lo mismo que en el salon.
--iMiradle, como le tiembla la mano!
--Dentro de una hora ese hombre habra dejado de existir.
--Oyes, Alvaro, debias de legarme la Conchilla.
--No hay inconveniente--repuso aquel arreglando sus cartas.
--Ya lo oyen ustedes, senores; la Conchilla es mia por testamento....
?Como se llama este testamento, Leon?
--Testamento nuncupativo--dijo este, que sabia algo de leyes por andar
en p
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